ESTADO DE LA CUESTIÓN
ESTUDIO HISTÓRICO
La lluvia ácida fue definida por el químico escocés Robert Angus Smith en 1872. Vivía en Manchester, una de las ciudades industriales más importantes del mundo y también una de las que más polución producían. Centrado en sus estudios de Química medioambiental, Angus Smith comprobó los efectos de la contaminación en la climatología, especialmente en las precipitaciones, comprobando que la lluvia era capaz de quemar los que habían sido verdes prados cercanos a Manchester, porque eliminaba los nutrientes que enriquecen el suelo, empobreciéndolo. Fue el primer científico que explicó los peligros y efectos de la lluvia ácida en su monografía Aire y lluvia: el comienzo de la climatología química. El trabajo se basó en un estudio de la niebla tóxica victoriana que cubría la ciudad industrial de Manchester. A pesar de la hostilidad de la comunidad científica, Smith pasó el resto de su vida al frente de la Inspección de Control de Alcalinos, la primera agencia británica de protección del medio ambiente.
Esta investigación fue retomada por el científico sueco y premio Nobel S. A. Arrhenius. En 1883, acuñó la terminología base, ácido. El término ácido se refiere a los elementos que forman iones de hidrógeno con carga positiva cuando se disuelven en un líquido. La unidad para medir la reacción de las soluciones, el pH (concentración de hidrógeno) se convirtió en la unidad en 1909, gracias al químico danés Søren Peter Lauritz Sørensen.
A pesar de que Angus Smith lanzó la voz de alarma sobre la existencia de una lluvia ácida, y que su principal causante era la contaminación industrial, tuvo que pasar casi un siglo para que la sociedad tomara conciencia clara de este problema. A partir de los años setenta del siglo XX prácticamente todos los países del primer mundo estaban ya industrializados. La polución atmosférica comenzó a ser un problema real que preocupaba a políticos, ciudadanos y grupos ecologistas, aunque fueron los pescadores quienes dieron la voz de alarma definitiva al observar que las poblaciones de peces en los lagos se reducía drásticamente, como si el agua los matara. En los países escandinavos, los peces desaparecieron en más de 5.000 lagos, y lo mismo ocurrió en 1.200 lagos en Ontario y en más de dos centenares en Adirondack, en el estado de Nueva York.
En la década de 1960 y principios de la de 1970, la lluvia ácida se reconoció como un problema ambiental regional que afectaba a Europa occidental y el este de América del Norte.
Los coches constituyen un problema a la hora del control de la lluvia ácida, porque son la fuente principal de emisión de óxidos de nitrógeno. La normativa europea exige desde 1993 que los vehículos salgan equipados con catalizadores que reducen las emisiones de monóxido de carbono y óxidos de nitrógeno. Los límites a las emisiones de vehículos a motor están concretadas en la Directiva 91/441/CEE.
En la Directiva 88/609/CEE se limitan las emisiones a la atmósfera procedentes de grandes instalaciones de combustión.
Las emisiones de óxido de nitrógeno de los buques causan o agravan los problemas regionales, entre ellos el de la lluvia ácida. En el Anexo VI del Convenio MARPOL, que entró en vigor en 2005, se establecen límites para las emisiones óxido de nitrógeno procedentes de los buques.
A estas alturas del siglo XXI la lucha contra la lluvia ácida acumula años de progreso. En la gran parte de los países occidentales ha pasado a un segundo plano. No así en Asia (India, Rusia o China) donde persiste como un grave problema.
En Europa, la crisis de energía provocada por la guerra de Ucrania está llevando a Alemania o Polonia a regresar al carbón. Las miradas también se centran en Japón. De optar por determinadas políticas, la lluvia ácida podría retornar a Occidente con todos sus efectos.
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